Violencia contra la mujer
La violencia contra la mujer se ha convertido, desgraciadamente, en tema estrella y común titular en numerosos periódicos con demasiada frecuencia. A la discusión acerca de si se trata de un problema nuevo o si tan sólo lo es la preocupación por él, se suma el intento de definir sus causas y posibles soluciones.

La realidad es que vivimos en un mundo machista en el que la ilusión de igualdad resulta ser sólo eso, una ilusión. Se nos bombardea constantemente con imágenes de mujeres triunfadoras. Sin embargo, la imagen de esa mujer que pisa fuerte está siempre embutida en un traje de D&G y portando un bolso de Loewe. Una mujer que ha dejado su cerebro por el camino y que parece haberlo pisoteado con los mismos zapatos de Dior que calza.
Así, con este hermoso vestido social, somos las perfectas madres, amigas, hijas, hermanas; seguras, guapas. Y luego nos venimos abajo con el comentario de la vecina hipócrita que critica como llevamos al niño o el jefe de turno que está descontento por cualquier minucia. El mismo jefe que no tiene que poner lavadoras, atender a un familiar enfermo o cualquier otra tarea no remunerada; el mismo hombre al que espera otra perfecta mujer que también viene cansada del trabajo, de los hijos, pero que igualmente no tiene disculpa para no ser la perfecta esposa. Que si no, es una histérica. Pero ése es otro tema.
Más allá de las mujeres que sufrimos esta falsa liberación femenina, están esas otras a las que el control y los golpes les han llegado al cuerpo. Y más que un paso más allá, bien pudiera ser un paso más acá. La infelicidad y los morados que unas llevan en el cuerpo, son los que las otras llevan en el alma. Esto, en la sociedad en la que vivimos, ya nos parece demasiado. Justo eso, no el escalón anterior. Y, por tanto, se le intenta encontrar solución sólo a eso, cuando el problema, la sucesión de vejaciones diarias, bien debiera cortarse antes.
Pero, ¿cómo? En principio, con tolerancia nula ante cualquier actitud sexista en cualquiera de sus expresiones, ya sean más solapadas o más evidentes, pues todas constituyen una manifestación de violencia contra la mujer y aran el mismo camino. Y con educación, formando hombres y mujeres libres de clichés y de la interpretación de roles sexistas. Esto supondría una doble liberación, la femenina y la masculina, y un acercamiento a esa mujer que de verdad pisa fuerte sin necesidad de llevar tacones.












Buscando a Buda
Está claro que no es un problema nuevo, aunque eso no es lo más importante. Lo que importa ahora es buscar una solución para que los casos de violencia contra la mujer -de todo tipo- no sigan aumentando. Completamente de acuerdo en que la educación es la clave para solucionar este problema. Enhorabuena por el artículo.